Cuando la Biblia Habla y Nosotros Respondemos con Métodos: ¿Quién Dirige Realmente?
Todo estudio serio de la Escritura exige una postura hermenéutica clara. No basta con citar versículos ni repetir formulaciones doctrinales: la pregunta fundamental es cómo interpretamos el texto y desde qué método lo hacemos hablar. La historia cristiana muestra que no toda lectura bíblica es equivalente y que, detrás de cada conclusión, yace siempre un enfoque hermenéutico —explícito o no— que orienta la comprensión. En ese sentido, la fidelidad bíblica no depende solamente del contenido citado, sino del método con que ese contenido se procesa. Allí es donde surge la tensión: ¿hasta qué punto nuestros métodos iluminan el texto y en qué momento empiezan a reemplazarlo?
Este artículo parte precisamente de esa inquietud. Desde una hermenéutica literal-gramatical con soporte histórico-redentivo mínimo, se examina lo que el texto bíblico afirma en su forma más inmediata: vocabulario, estructura, funciones, categorías, distinciones y ejemplos. Este enfoque tiene una virtud decisiva: permite describir el contenido bíblico sin proyectarle conclusiones modernas ni importar categorías externas. La meta es escuchar el texto tal como fue escrito, atendiendo a su gramática, su contexto original y sus límites naturales. Pero este análisis no se queda en el nivel técnico; se amplía para considerar cómo otras disciplinas hermenéuticas —ética bíblica, teología bíblica, teología práctica— interactúan con la exégesis y, en ciertos casos, pueden llegar a influir más en las conclusiones que el testimonio mismo de la Escritura.
Aquí surge la preocupación mayor. Si los protestantes apelan a Sola Scriptura como principio normativo, ¿cómo evitar que estas otras disciplinas se conviertan, sin querer, en “tradiciones” que terminen suavizando, reinterpretando o anulando lo que el texto enseña? Jesús mismo confrontó este peligro en los fariseos: ellos no erraron por estudiar la Ley, sino por permitir que sus métodos, reglas y sistemas adquirieran más peso que la Palabra revelada. El fariseísmo no comenzó con rebeldía, sino con un exceso de interpretaciones que, bajo apariencia de fidelidad, eclipsaron la voz clara del texto. Los cristianos modernos enfrentamos un riesgo semejante cuando la herramienta hermenéutica deja de ser sierva de la Escritura y comienza a gobernarla.
Por eso, esta introducción prepara el camino para un análisis que desea distinguir cuidadosamente entre interpretación responsable y tradición encubierta, entre método legítimo y método dominante, entre lo que el texto dice y lo que nuestras disciplinas quisieran que dijera. A través del estudio, se mostrará cómo la hermenéutica literal-gramatical permite identificar con precisión las funciones descritas en el Antiguo y Nuevo Testamento, mientras que las otras disciplinas ofrecen aportes valiosos, pero también riesgos de sobreextensión cuando se usan para producir normas que el texto no ordena.
El propósito es claro: proponer una lectura que honre la autoridad de la Escritura sin confundirla con las conclusiones derivadas de sistemas posteriores, y advertir cómo una hermenéutica mal orientada —aunque sofisticada y bien intencionada— puede repetir el error antiguo de convertir la tradición en norma y el método en autoridad. La verdadera fidelidad bíblica no consiste en evitar la hermenéutica, sino en someter toda hermenéutica al texto que interpreta. Esa es la base sobre la cual se desarrolla el estudio que sigue.
1. Delimitaciones del sacerdocio levítico según el lenguaje del texto
Cuando uno se acerca al Antiguo Testamento con una hermenéutica literal-gramatical, la primera obligación es dejar que el vocabulario marque los límites. Éxodo 28:1 presenta el sacerdocio ritual con una precisión que no admite elasticidad: “Aarón y sus hijos”. El hebreo banim no es genérico, sino masculino, biológico y familiar. No se trata de una fórmula simbólica ni representativa, sino de una línea sanguínea concreta. Números 3:10 refuerza este marco al ordenar que ellos “ejerciten el sacerdocio”, sin rastro de mujeres participando en las funciones rituales principales: portar vestiduras, quemar incienso, ofrecer sacrificios o hacer expiación.
La lectura estricta del lenguaje no degrada el papel femenino; simplemente reconoce que el sacerdocio ritual era un oficio restringido por razones cultuales y genealógicas. En paralelo, el texto hebreo presenta mujeres con autoridad espiritual real: Débora, Hulda y Miriam tienen un rol que la gramática describe con claridad —profecía, consejo, juicio, dirección moral— pero nunca con vocabulario sacerdotal. La hermenéutica aplicada aquí impide mezclar funciones: profetisa no equivale a sacerdotisa, liderazgo civil no equivale a sacerdocio ritual. Incluso Éxodo 38:8 menciona mujeres “que servían a la entrada del tabernáculo”, pero el verbo utilizado alude a servicio ligado al espacio sagrado sin cruzar hacia el oficio sacerdotal. El resultado es un cuadro donde el texto distingue, con naturalidad, entre roles rituales y roles espirituales, lo cual sólo se percibe cuando se respeta la gramática.
2. Transformación de las funciones en el Nuevo Testamento
Con la llegada del Nuevo Testamento, el método literal-gramatical exige reconocer un cambio estructural profundo: el sacerdocio levítico desaparece con la obra de Cristo, pero el liderazgo continúa bajo nuevas formas. Hebreos anula el sistema sacrificial; Hechos presenta comunidades domésticas dirigidas por dones, movilidad y cooperación misionera. Aquí aparecen mujeres profetizando en cumplimiento de Joel, y Hechos 21 registra a las hijas de Felipe dentro de ese patrón profético legítimo.
Priscila participa en enseñanza doctrinal corrigiendo a Apolos, una tarea que el NT no retrata como marginal ni secundaria. Febe es llamada diakonos y prostatis, términos que describen servicio ministerial y liderazgo de apoyo. Ninfá y Lidia aparecen como anfitrionas de iglesias domésticas, lo que implica autoridad organizativa y espiritual. La técnica utilizada permite afirmar estas funciones sin necesidad de inflarlas o minimizarlas; simplemente se leen tal como están escritas.
Sin embargo, la misma hermenéutica obliga a atender el lenguaje de los textos que describen requisitos para obispos (epískopoi) y ancianos (presbýteroi). Allí aparece la expresión anēr mias gynaikos, “varón de una sola mujer”. El término anēr en griego es inequívocamente masculino; nunca funciona como neutro. Cuando el NT desea incluir a hombres y mujeres, usa anthrōpos o construcciones inclusivas como pantes hoi pisteuontes. Aquí, la gramática marca un límite que no se puede ignorar sin abandonar la técnica: los textos no presentan una variante femenina de ese cargo ni registran mujeres ordenadas como obispas o ancianas. El método, por ser literal-gramatical, permite constatar esta diferencia sin convertirla en un principio universal para todos los tiempos.
3. Integración histórico-redentiva mínima sin extrapolaciones modernas
La técnica sugerida requiere incorporar la dimensión histórico-redentiva de forma estricta, sin permitir que se convierta en una hermenéutica alegórica. El sacerdocio levítico era ritual, hereditario y sacrificial; los ministerios del NT son comunitarios, funcionales y carismáticos. No existe equivalencia directa entre “sacerdote levita” y “anciano cristiano”; tampoco entre “profetisa israelita” y “obispa contemporánea”. Las estructuras pertenecen a épocas y sistemas distintos. Lo único constante es la precisión lingüística: cada rol tiene su propio vocabulario, y el texto no mezcla términos para generar confusión.
Esta integración medida evita dos distorsiones comunes: trasladar las restricciones del sacerdocio levítico al mundo cristiano —algo que el NT nunca ordena— o interpretar los requisitos masculinos del episcopado como simples expresiones culturales negociables —algo que Pablo tampoco sugiere. La técnica literal-gramatical con soporte histórico-redentivo permite reconocer continuidad en los principios pero discontinuidad en las instituciones. El lector no puede convertir funciones: ni ampliar lo que el texto restringe ni restringir lo que el texto amplía. Todo queda anclado en lo que se puede demostrar lingüísticamente.
Resultados hermenéuticos: lo que el texto realmente permite afirmar
Al final, el análisis hermenéutico sólo puede declarar lo que el texto muestra sin añadir implicaciones eclesiásticas contemporáneas. El Antiguo Testamento establece un sacerdocio ritual exclusivo de varones descendientes de Aarón; no da ejemplos de mujeres ejerciendo sacrificios. Al mismo tiempo, reconoce mujeres con autoridad profética, moral y directiva sin limitarlas a funciones pasivas. El Nuevo Testamento amplía la participación femenina en enseñanza, profecía, misión y liderazgo doméstico, y menciona diaconisas, colaboradoras apostólicas y maestras de doctrina. Sin embargo, mantiene un vocabulario masculino para los cargos de obispo y anciano y no registra mujeres ejerciéndolos.
Este balance no responde a una agenda moderna, sino a una lectura controlada por el lenguaje del texto. La hermenéutica literal-gramatical evita convertir estos datos en un mandato universal y evita también reinterpretar la gramática para ajustarla a sensibilidades actuales. El estudio queda así limitado a lo que el texto ofrece: funciones diferenciadas, amplitud del ministerio femenino, especificidad lingüística en ciertos roles y ausencia de equivalencias modernas. Cualquier conclusión normativa para la iglesia actual pertenece a otra disciplina hermenéutica —ética, teología bíblica, teología práctica— y no forma parte de esta técnica.
Cada disciplina —ética, teología bíblica, teología práctica— introduce supuestos, intenciones y herramientas que ya no son puramente exegéticas, y por tanto afectan la forma en que se lee el texto. No es que sean ilegítimas; simplemente operan en otro nivel. Dejaré las implicaciones diferenciadas en tres movimientos para que se perciba cómo cambia el terreno.
En primer lugar, cuando la lectura se desplaza hacia la ética bíblica, la pregunta ya no es “¿qué dice el texto en su gramática?”, sino “¿qué principios morales universales pueden derivarse y cómo se aplican hoy?”. Esto abre puertas que la exégesis no abre. La ética buscará patrones de justicia, dignidad, equilibrio y propósito, y tenderá a formular aplicaciones contemporáneas aunque el pasaje no las enuncie explícitamente. Aquí surge la implicación más fuerte: la ética puede transformar una descripción histórica en un ideal moral para hoy, incluso si la exégesis no lo demanda. Por ejemplo, puede tomar la amplia participación femenina del NT y convertirla en una recomendación moral sobre igualdad funcional actual, o puede tomar el uso masculino para obispo y anciano y verlo como un principio permanente sobre orden y responsabilidad. La disciplina ética es inevitablemente normativa, y eso significa que deja de limitarse a lo que el texto dice y comienza a decir lo que debería hacerse.
Si se aplica teología bíblica, la intención cambia radicalmente. Esta disciplina no analiza solo un texto, sino el desarrollo temático a lo largo del canon. Su tarea es rastrear “líneas” que progresan: creación, caída, redención, pueblo de Dios, imagen de Dios, dones del Espíritu, nueva creación. Aquí las implicaciones son mayores que en la ética, porque la teología bíblica puede reinterpretar funciones antiguas a la luz del clímax cristológico. Por ejemplo, podría tomar la eliminación del sacerdocio levítico, la llegada del sacerdocio universal de los creyentes y la distribución de dones, y usarlos para argumentar que las distinciones funcionales del AT se superan en Cristo. O, al contrario, podría ver continuidad en los modelos de orden y roles, interpretando que el liderazgo masculino sigue un patrón creacional. En ambos casos, la teología bíblica expande el texto más allá de su gramática inmediata y permite conclusiones sobre “intención divina a través de la historia”. Es legítimo, pero produce resultados que la exégesis sola nunca afirmaría.
Finalmente, si se entra en teología práctica, el terreno se vuelve completamente normativo y contextual. Esta disciplina pregunta: “¿Cómo vive la iglesia esto hoy? ¿Qué necesita? ¿Qué es prudente? ¿Qué edifica?”. Aquí el texto deja de ser solo una fuente de datos y se convierte en guía pastoral. La implicación más delicada es que la teología práctica puede decidir soluciones que no coinciden estrictamente con la estructura bíblica, pero que se consideran necesarias para la misión, la unidad o la situación cultural. Por ejemplo, podría concluir que, dado el testimonio amplio del ministerio femenino en el NT, conviene abrir todos los cargos a mujeres por razones de misión; o podría concluir que mantener roles diferenciados es pastoralmente más adecuado para cierta comunidad. La teología práctica trabaja con discernimiento, prudencia y circunstancias, no solo con gramática, y por eso sus decisiones pueden divergir de lo que una exégesis estricta permitiría concluir.
Si uno reúne estas implicaciones, se ve el cuadro completo: la ética transforma el texto en principios; la teología bíblica lo inserta en una narrativa amplia que puede reconfigurar las funciones; la teología práctica toma decisiones para el presente basadas en necesidades pastorales. Ninguna de estas disciplinas es un error, pero cada una desplaza el piso textual hacia otro tipo de lectura. Por eso la exégesis sola no produce normas para la iglesia: describe; no ordena. Cuando las otras disciplinas intervienen, las conclusiones dejan de ser descriptivas y se vuelven prescriptivas, interpretativas o pastorales. Es un movimiento natural, pero conviene hacerse consciente de él para no confundir niveles de lectura ni atribuir al texto lo que proviene de otra disciplina. Si deseas, puedo profundizar en ejemplos concretos que muestren cómo cada enfoque produciría decisiones distintas para un mismo pasaje.
Cómo cambian las conclusiones según la disciplina
1.1. Ética bíblica: de descripción textual a principios normativos
Cuando uno usa ética bíblica, deja de leer el texto solo en su forma y empieza a buscar principios universales. Esto tiene un riesgo: convierte hechos históricos en reglas para hoy. Por ejemplo:
- La exégesis te dice: “Pablo llamó diakonos a Febe”.
- La ética podría decir: “Si Febe fue diaconisa, entonces es un principio moral que todo cargo debe abrirse a ambos sexos”.
Eso no lo dice el texto.
La ética produce mandatos modernos basados en principios, no en gramática.
La implicación: ya no estás afirmando solo lo que el texto dice, sino lo que creés que el texto “enseña moralmente”.
Aquí la exégesis deja de ser la única base.
1.2. Teología bíblica: el desarrollo de temas puede reconfigurar funciones
La teología bíblica sigue “líneas” que progresan a lo largo del canon. Eso puede producir conclusiones que el pasaje individual no contiene. Por ejemplo:
- Exégesis: “El término anēr mias gynaikos es masculino”.
- Teología bíblica: “Pero en Cristo no hay varón ni mujer; por tanto, los roles del NT deben interpretarse bajo el principio de nueva creación”.
Esa conclusión no viene del texto de 1 Timoteo 3; es el resultado de una visión panorámica.
La implicación: la teología bíblica puede reconfigurar la aplicación del texto, aunque la exégesis diga otra cosa.
Aquí ya no estás solo en Escritura “texto por texto”, sino en Escritura “por sistemas”.
1.3. Teología práctica: decisiones pastorales que pueden ir más allá del texto
Aquí el asunto es todavía más delicado. La teología práctica pregunta:
- ¿Qué necesita la iglesia hoy?
- ¿Qué es prudente en este contexto?
- ¿Cómo edificamos mejor a la comunidad?
Esto puede llevar a conclusiones que el texto no afirma ni niega, pero que la iglesia adopta por razones de misión. Por ejemplo:
- Exégesis: “No hay mujeres como obispas en el NT.”
- Teología práctica moderna: “Pero en nuestra cultura, sería dañino cerrar ese cargo, así que lo abrimos por razones pastorales.”
Eso no viene del texto.
La iglesia está tomando una decisión pastoral, no exegética.
La implicación: la práctica eclesial puede separarse del patrón bíblico sin decirlo abiertamente.
Teología Bíblica: cuando la narrativa canónica reconfigura la lectura del texto
No es lo mismo usar disciplinas hermenéuticas que usar tradiciones humanas para anular la Escritura. Pero sí existe el peligro de que otras disciplinas lleguen a funcionar como tradición si sustituyen al texto.
Teología Bíblica: cuando la narrativa canónica reconfigura la lectura del texto
Si uno camina desde la exégesis pura hacia la teología bíblica, la sensación inicial es que el piso se vuelve más amplio pero también más inestable. La exégesis se sostiene en la gramática, el contexto inmediato, la sintaxis; la teología bíblica, en cambio, busca ver el arco que atraviesa la Escritura, aquella línea que nace en la creación, se retuerce en la caída, avanza con Israel y culmina en Cristo. Ese movimiento no es ajeno al texto, pero introduce un cambio importante: ya no se mira solamente lo que Pablo dijo aquí o lo que Moisés ordenó allá, sino cómo ese tema respira a través de toda la historia de salvación. Y al hacer ese recorrido, las funciones que se veían claras y delimitadas en un capítulo pueden adquirir tonos inesperados cuando se observan desde la cúspide redentiva.
La primera implicación es evidente: la teología bíblica puede convertir un patrón local en un motivo teológico global. No es raro que desde esta disciplina se afirme que, dado que en Cristo “no hay varón ni mujer” en cuanto a igualdad ontológica, las distinciones funcionales también deberían diluirse. Pero ese paso —aunque parece lógico— no nace de los textos particulares que describen funciones, sino de una lectura panorámica que privilegia la meta de la historia sobre la estructura de los pasajes. Aquí aparece la tensión: la teología bíblica no niega el dato gramatical, pero siente la tentación de reubicarlo dentro de una “narrativa mayor” que le otorgue otro sentido. Y es en ese reajuste donde la técnica puede suavizar o reinterpretar los límites que la exégesis había marcado con claridad. La intención no es desobedecer el texto; simplemente surge el impulso de armonizarlo con la visión más amplia del plan divino.
La segunda implicación tiene que ver con la forma en que esta disciplina entiende la continuidad y discontinuidad entre los pactos. Desde la teología bíblica es legítimo observar que el sacerdocio levítico desaparece, que los sacrificios concluyen y que el pueblo de Dios se redefine en Cristo. Sin embargo, esta misma lógica puede llevar a un segundo paso: si el sacerdocio cambia, quizá también cambian las funciones de gobierno; si los símbolos se transforman, tal vez las estructuras también. Es un razonamiento razonable, pero no necesariamente textual. La teología bíblica permite esa lectura porque piensa en “temas”, no en “oficios particulares”. Por eso, alguien podría concluir que las restricciones de 1 Timoteo 3 pertenecen a una etapa del desarrollo redentivo que ya no es normativa. Otra persona, usando la misma disciplina, afirmará que el patrón creacional permanece y no debe ser alterado. Ambas conclusiones pueden surgir de una misma paleta teológica, lo cual demuestra que este enfoque amplía el horizonte pero disminuye la nitidez del contorno.
La tercera implicación es la más crítica: la teología bíblica tiende a formular “intención divina” más allá de las palabras concretas del pasaje. Esto no es necesariamente negativo; de hecho, ayuda a ver la coherencia del canon. Pero también crea el riesgo de que la interpretación deje de depender de la letra y pase a depender del “tema dominante” elegido por el intérprete. Cuando eso ocurre, la narrativa canónica termina teniendo más peso que el texto que se pretendía interpretar. La exégesis se vuelve un punto de partida, no una frontera. Y si el lector no es consciente de este desliz, puede creer que su conclusión proviene del texto mismo cuando en realidad proviene del arco temático que decidió priorizar.
En síntesis, la teología bíblica aporta profundidad, coherencia y visión de conjunto, pero al mismo tiempo puede desplazar la autoridad del texto hacia la autoridad de la narrativa que el intérprete construye. Es útil, pero no neutra. Amplía la mirada, pero también reconfigura los límites. Por eso, cuando se utiliza para temas sensibles —como funciones ministeriales, estructura de la iglesia o roles específicos—, es necesario mantener la claridad: la teología bíblica ilumina, pero no puede contradecir la exégesis sin convertirse en una tradición más que pretende hablar en nombre de la Escritura.
Entonces… ¿no estamos haciendo lo mismo que los fariseos?
Llegados a este punto, surgen dudas legítimas: si apelamos a disciplinas como la ética, la teología bíblica o la teología práctica para interpretar o aplicar la Escritura, ¿no estamos repitiendo el error de los fariseos, quienes añadieron tradiciones humanas que terminaron sustituyendo la Palabra? Es un temor comprensible, pero conviene matizarlo con calma. No toda herramienta hermenéutica es una tradición; no toda interpretación es una desviación; y no todo razonamiento más allá del texto es, por definición, una traición al principio de Sola Scriptura. Sin embargo, el riesgo existe. La diferencia entre un método legítimo y una tradición que anula la Escritura depende de la dirección de la autoridad: si la herramienta sirve al texto, es válida; si domina al texto, se convierte en tradición humana.
Para empezar, vale aclarar que Sola Scriptura no exige una lectura reducida a la exégesis pura. Los reformadores nunca defendieron una Biblia sin interpretación, sino una interpretación sometida radicalmente al testimonio bíblico. Ellos predicaban, debatían, aconsejaban, estructuraban iglesias, y en todo ello usaban razonamiento, teología, ética, análisis histórico. Pero insistían en algo: la Escritura controla el resultado final. Esto implica que Sola Scriptura no descarta las herramientas; descarta su autonomía. No significa “texto sin pensamiento”, sino “pensamiento sometido al texto”. Sin esta distinción, ni la exposición bíblica ni la práctica pastoral serían posibles.
El caso de los fariseos aclara aún mejor el asunto. Jesús no denunció la interpretación como tal. Lo que condenó fue la elaboración de reglas que, en nombre de la piedad, terminaron anulando el mandamiento explícito. En el episodio del Corbán, ellos crearon un mecanismo religioso para evitar la responsabilidad de honrar a los padres; Jesús señaló la contradicción entre tradición y Escritura. De igual modo, las normas de pureza añadidas sobre Moisés no eran malas porque explicaban la Ley, sino porque la reemplazaban. El problema no fue interpretar, sino desplazar la revelación divina en favor de sistemas humanos que adquirieron rango normativo. Jesús no atacó la hermenéutica; atacó la desobediencia disfrazada de devoción.
En este punto aparece la pregunta clave: ¿en qué momento la ética bíblica, la teología bíblica o la teología práctica dejan de ser herramientas y pasan a convertirse en tradiciones? El tránsito ocurre cuando estas disciplinas cumplen tres condiciones: 1. cuando su resultado contradice lo que el texto afirma; 2. cuando se transforman en autoridad paralela y no subordinada; 3. y cuando sus conclusiones se imponen como obligatorias sin que el pasaje lo requiera. En otras palabras, cuando ya no explican la Escritura sino que la reescriben según criterios externos. El peligro no está en su uso, sino en su independencia.
Un ejemplo sencillo lo ilustra. La exégesis muestra con claridad que el vocabulario aplicado a obispos en 1 Timoteo 3 es masculino y no genérico. La ética contemporánea podría decir: “eso fue cultural, así que debe ignorarse”; la teología práctica podría alegar pragmatismo misionero para cambiar la estructura. En ese punto, las disciplinas no están iluminando el texto sino corrigiéndolo. Y cuando una herramienta corrige lo que la Biblia dice, deja de ser una ayuda hermenéutica y se transforma en tradición humana. El proceso es sutil, pero el resultado se parece demasiado a lo que Jesús enfrentó.
Cualquier disciplina —ética, teología bíblica, teología práctica— se vuelve farisaica no cuando existe, sino cuando sustituye la voz del texto por la voz de la conclusión humana. La diferencia entre herramienta y tradición es la dirección en que fluye la autoridad: si fluye de la Escritura hacia la aplicación, es legítima; si fluye de la aplicación hacia la Escritura, ya no lo es. Y es allí donde la iglesia debe tener especial cuidado, no para negar el uso de herramientas hermenéuticas, sino para evitar que ellas se conviertan en estructuras que pretendan hablar con más peso que la Palabra inspirada.
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