Persona o Fuerza: Una Revisión Bíblica sobre el Espíritu Santo
Comprender quién es el Espíritu Santo exige abandonar las respuestas automáticas y entrar al texto con una sensibilidad que respete el modo en que la Biblia comunica. La Escritura no describe al Espíritu mediante definiciones técnicas, sino mediante acciones, relaciones y símbolos que revelan —a veces de forma sutil, otras de forma contundente— que no estamos ante una fuerza ciega, sino ante una presencia viva, activa y con voluntad propia. El debate surge no tanto por falta de evidencia, sino por los métodos interpretativos utilizados. La pregunta sobre si el Espíritu es persona divina o energía impersonal se vuelve inevitable cuando vemos que distintas ramas de la teología han llegado a conclusiones opuestas usando la misma Biblia. Este artículo intenta mostrar por qué ocurre y qué método refleja de manera más fiel la intención del texto.
La evidencia exegética: el Espíritu como agente personal y divino
La exégesis —el análisis directo del texto en su contexto— no proporciona doctrinas cerradas, pero sí deja pistas muy claras. El Espíritu aparece hablando con autoridad (“Apartadme a Bernabé y a Saulo”, Hch 13:2), intercediendo con conocimiento (Ro 8:26), enseñando (Jn 14:26), decidiendo (“reparte a cada uno como Él quiere”, 1 Co 12:11) y entristeciéndose (Ef 4:30). En la Biblia, estas acciones no pueden atribuirse a objetos o energías; requieren un sujeto consciente.
De hecho, en varios pasajes el Espíritu ejecuta funciones que pertenecen exclusivamente a Dios:
- Participa en la creación (Gn 1:2).
- Es omnipresente (Sal 139:7–10 aplicado en Ro 8).
- Regenera y da vida (Jn 3:5–6).
- Inspira la profecía (2 P 1:21).
Pedro incluso afirma que mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios (Hch 5:3–4). Esto no es poesía; es un paralelismo semítico típico, donde la segunda línea refuerza la primera al declarar equivalencia.
Gordon Fee, uno de los exegetas más serios del NT, lo resume diciendo que:
“El Espíritu aparece en el NT no como fuerza, sino como una persona divina involucrada activamente en la vida del creyente.” (Fee, God’s Empowering Presence, 1994).
Es decir, la exégesis no define la doctrina, pero deja un rastro claro: el Espíritu actúa como alguien y obra como Dios.
La lectura bíblica progresiva: continuidad entre AT y NT
La teología bíblica, encargada de seguir un tema desde Génesis hasta Apocalipsis, muestra que el Espíritu del AT y el del NT son el mismo. En el AT, el Espíritu capacita a los profetas, guía a los jueces, llena a los reyes y actúa como presencia activa de YHWH. En el NT, su obra no cambia de naturaleza; solo se profundiza.
James Dunn, aunque prudente en su formulación trinitaria, reconoce que la experiencia cristiana primitiva no puede entenderse como simple contacto con una fuerza:
“El Espíritu en el cristianismo primitivo es una presencia viva, personal, imposible de reducir a energía anónima.”(Dunn, Baptism in the Holy Spirit, 1970).
La revelación progresa, pero no contradice su punto de partida. El Espíritu no aparece como criatura ni como mensajero subordinado, sino como el mismo agente divino que se mueve desde el principio sobre las aguas.
Ellen G. White, leyendo la Biblia desde un marco protestante, declara:
“El Espíritu Santo es la tercera persona de la Divinidad.” (El Deseado de Todas las Gentes, p. 671).
Su afirmación no depende de la teología medieval, sino del reconocimiento bíblico de una presencia divina activa y personal.
El desarrollo histórico y sistemático: de la experiencia a la formulación doctrinal
La teología histórica muestra cómo la Iglesia primitiva intentó poner en palabras lo que ya creía. Ireneo hablaba del Espíritu como una de las “dos manos de Dios” (Contra las Herejías), metáfora que solo tiene sentido si el Espíritu participa plenamente en la obra divina. Tertuliano, en el siglo II, afirmaba:
“El Padre es uno, el Hijo otro y el Espíritu otro; pero estos tres son de una sustancia.”
(Adversus Praxean).
Esto ocurrió antes de los concilios. Cuando aparecieron herejías que negaban la divinidad del Espíritu, los concilios simplemente definieron con precisión lo que siempre se había confesado: que el Espíritu es “Señor y dador de vida”.
La teología sistemática, por su parte, organiza las evidencias y determina el lenguaje adecuado. Millard Erickson explica que “persona” en teología significa “sujeto que posee voluntad, conciencia y capacidad relacional”, no “ser humano” (Erickson, Christian Theology, 1998). Y si un sujeto realiza obras exclusivas de Dios, posee naturaleza divina.
Desde esta perspectiva, negar la personalidad del Espíritu exige ignorar o reinterpretar las acciones que la Biblia le atribuye. Por eso Jaroslav Pelikan concluye:
“La Iglesia no inventó la Trinidad; la descubrió en la Escritura.”
(Pelikan, The Christian Tradition, vol. 1).
En otras palabras, la doctrina fue la respuesta formal a la evidencia bíblica, no una imposición ajena a ella.
Las raíces hermenéuticas del antitrinitarismo: un problema de método, no de Biblia
Los grupos antitrinitarios no surgen por falta de textos, sino por un marco metodológico distinto. Se apoyan en tres pilares:
a) Literalismo rígido
Solo aceptan afirmaciones explícitas del tipo “el Espíritu es Dios”.
Pero la Biblia rara vez ofrece doctrinas en ese formato.
Anthony Buzzard, uno de los exponentes unitarios modernos, afirma:
“La Trinidad no es bíblica porque no está expresada literalmente.”
(Buzzard, The Doctrine of the Trinity, 1998).
El problema de fondo es que exige que la Biblia hable como un manual técnico, cosa que nunca fue su intención.
b) Fragmentación textual
Se toman pasajes donde el Espíritu aparece como viento, agua o fuego, y se ignoran los que muestran voluntad, emoción o habla. Esto crea una visión parcial. Si los símbolos se interpretan literalmente, Jesús sería un cordero literal, y los cristianos “piedras vivas” en sentido físico.
c) Rechazo de la tradición cristiana
Muchos antitrinitarios desconfían de todo desarrollo doctrinal posterior al siglo I. Pero esta desconfianza elimina la lectura comunitaria que ayudó a interpretar textos difíciles. La fe cristiana nunca fue individualista; siempre fue interpretada en comunidad.
Estas diferencias metodológicas pueden verse mejor en un cuadro comparativo:
<table border="1" cellpadding="8" cellspacing="0" style="border-collapse: collapse; width: 100%;">
<thead>
<tr>
<th>Aspecto</th>
<th>Método Trinitario Clásico</th>
<th>Método Antitrinitario</th>
</tr>
</thead>
<tbody>
<tr>
<td>Base hermenéutica</td>
<td>Lectura canónica y progresiva del conjunto de la Biblia.</td>
<td>Literalismo verbal estricto; se exige declaración explícita.</td>
</tr>
<tr>
<td>Uso de símbolos</td>
<td>Los símbolos (viento, agua, fuego) ilustran funciones del Espíritu, no definen su esencia.</td>
<td>Los símbolos se toman casi como definiciones ontológicas del Espíritu (fuerza, energía).</td>
</tr>
<tr>
<td>Relación AT–NT</td>
<td>Se reconoce continuidad en la revelación del Espíritu desde el AT hasta el NT.</td>
<td>Se enfatizan diferencias y se leen muchos textos de manera aislada.</td>
</tr>
<tr>
<td>Rol de la historia de la Iglesia</td>
<td>Se valora la reflexión histórica como ayuda para entender textos difíciles.</td>
<td>Se rechaza casi toda formulación histórica por considerarla “corrupción”.</td>
</tr>
<tr>
<td>Perfil del Espíritu Santo</td>
<td>Agente personal y divino; tercera persona de la Deidad.</td>
<td>Fuerza, energía, influencia o mensajero subordinado.</td>
</tr>
<tr>
<td>Coherencia del método</td>
<td>Las mismas reglas se aplican al Padre, al Hijo y al Espíritu.</td>
<td>Se aplican criterios distintos según el texto o la persona.</td>
</tr>
<tr>
<td>Resultado doctrinal</td>
<td>El Espíritu Santo es persona divina, digno de adoración y obediencia.</td>
<td>El Espíritu no es Dios en sentido pleno; no se le reconoce como persona divina.</td>
</tr>
</tbody>
</table>
El Espíritu, alguien que actúa y alguien que transforma
Cuando uno mira la Escritura desde un método que respeta su unidad, su progresión y su lenguaje, la conclusión sobre el Espíritu Santo no es una imposición doctrinal, sino un reconocimiento honesto. El Espíritu no es energía; habla. No es metáfora; decide. No es don; distribuye dones. No es sentimiento; guía. No es simple influencia; es presencia.
Ellen G. White expresa algo muy profundo al decir:
“El Espíritu Santo es Cristo mismo despojado de su humanidad y presente dondequiera.”
(Manuscript Releases, vol. 14, p. 84).
No es posible reducir a una fuerza aquello que la propia Biblia presenta como persona divina actuando desde Génesis hasta Apocalipsis. La identidad del Espíritu no es un asunto académico; es el modo en que Dios acompaña, consuela, convence, transforma y sostiene a los creyentes.
Comprenderlo bien no es un lujo intelectual, sino una necesidad espiritual.
Referencias bibliográficas
- Buzzard, A. (1998). The Doctrine of the Trinity: Christianity’s Self-Inflicted Wound. Restoration Fellowship.
- Dunn, J. D. G. (1970). Baptism in the Holy Spirit. SCM Press.
- Erickson, M. J. (1998). Christian Theology (2nd ed.). Baker Academic.
- Fee, G. D. (1994). God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. Hendrickson Publishers.
- Irenaeus. (ca. 180). Against Heresies (A. Roberts & J. Donaldson, Eds.). Ante-Nicene Fathers, Vol. 1. Christian Literature Publishing Co. (Obra original publicada en el siglo II).
- Pelikan, J. (1971). The Christian Tradition: A History of the Development of Doctrine, Vol. 1: The Emergence of the Catholic Tradition (100–600). University of Chicago Press.
- Tertullian. (ca. 215). Against Praxeas (A. Roberts & J. Donaldson, Eds.). Ante-Nicene Fathers, Vol. 3. Christian Literature Publishing Co. (Obra original publicada en el siglo III).
- White, E. G. (1898). The Desire of Ages. Pacific Press Publishing Association.
- White, E. G. (1990). Manuscript Releases (Vol. 14). Ellen G. White Estate.
- La Biblia. (Reina-Valera 1960). Sociedades Bíblicas Unidas.