La convergencia de las señales antes de la Segunda Venida de Cristo
Introducción
A lo largo de la historia cristiana, la expectación por la segunda venida de Cristo ha estado acompañada de preguntas insistentes: ¿cuándo vendrá?, ¿cómo sabremos que está cerca?, ¿por qué tantas señales y ninguna fecha? La respuesta, más que una curiosidad teológica, es un asunto de fe y discernimiento. Las Escrituras revelan un patrón: la primera venida del Mesías fue anunciada con cronología precisa (Daniel 9:24-27), mientras que la segunda está marcada no por fechas, sino por una convergencia de señales globales.
Jesús describió guerras, engaños espirituales, decadencia moral y predicación universal del evangelio (Mateo 24:6-14). Estas no son advertencias aisladas; forman un mapa espiritual que guía a los creyentes hacia una preparación constante. Como dijo Elena G. de White: “La naturaleza exacta del día y la hora de la segunda venida del Hijo del hombre no está revelada” (The Second Coming of Christ, SCOC 61.2). El silencio de Dios respecto al “cuándo” es intencional: busca generar esperanza activa, no ansiedad apocalíptica.
1. La lógica de las señales
Las señales proféticas funcionan como ecos que aumentan de intensidad a medida que el mundo avanza hacia su clímax moral y espiritual. Jesús habló de “dolores de parto” (Mateo 24:8): no se trata de un único evento, sino de un proceso que se intensifica. Ellen White lo confirma: “Las señales de los tiempos se están cumpliendo. Y aun así, no se nos ha dado mensaje alguno que anuncie el día o la hora de la venida de Cristo” (Last Day Events, LDE 33.1).
El error común ha sido buscar en cada guerra, plaga o terremoto la inminencia del fin, sin comprender que lo decisivo no es la aparición de una señal, sino su coincidencia global. En la era contemporánea, por primera vez en la historia, todas ellas convergen de manera visible y cuantificable.
Expansión del evangelio
Mateo 24:14 dice: “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.” Esta profecía es la única señal que puede verificarse empíricamente. Según el Centro para el Estudio del Cristianismo Global (Gordon-Conwell University, 2024), el mensaje cristiano ha alcanzado de alguna forma al 96 % de la población mundial, y la Biblia se encuentra traducida total o parcialmente en más de 3 600 idiomas.
Organizaciones como Joshua Project y Operation World registran que menos del 4 % de los pueblos del mundo carecen de presencia evangélica sostenida. Las plataformas digitales han acelerado el cumplimiento de este mandato. Lo que antes dependía de misioneros viajando por mar hoy se difunde en segundos por internet. Para la teología adventista, este es el cumplimiento visible de una profecía de alcance planetario.
Elena White escribió: “Cuando el mensaje del tercer ángel haya sido proclamado con la mayor potencia, y la tierra sea iluminada con la gloria de Dios, entonces Cristo vendrá a reclamar a su pueblo” (El Conflicto de los Siglos, p. 612). La expansión del evangelio no es solo predicación; es transformación de vidas y naciones.
Guerras y conflictos globales
Jesús advirtió: “Se levantará nación contra nación, y reino contra reino” (Mateo 24:7). En tiempos antiguos, las guerras eran regionales; hoy, sus efectos son planetarios. El Global Peace Index 2024 señala que más del 80 % de la población mundial vive bajo tensión bélica o inestabilidad política, y que los últimos años registran el mayor número de conflictos activos desde 1945.
El Uppsala Conflict Data Program (UCDP) reporta más de 55 guerras simultáneas en 2024. Estas cifras no buscan alimentar temor, sino ilustrar que la profecía de Jesús se cumple no en la cantidad de guerras, sino en su carácter persistente y mundial. Ellen White comentó: “Las calamidades por mar y por tierra, la inestabilidad social y los rumores de guerras son presagios de los acontecimientos que pronto ocurrirán” (El Conflicto de los Siglos, p. 37).
Engaño espiritual y falsos cristos
En Mateo 24:24 se lee: “Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.” Esta advertencia se traduce hoy en una explosión de movimientos pseudo-mesiánicos, filosofías sincréticas y religiones centradas en la auto-divinización.
El Pew Research Center y la World Christian Database documentan más de 10 000 movimientos religiosos nuevos surgidos en los últimos cincuenta años, muchos con líderes que se proclaman reencarnaciones de Cristo o profetas únicos. En la era de las redes sociales, el engaño espiritual se propaga con más velocidad que la verdad.
Elena White advirtió: “Satanás se manifestará realizando falsos milagros… y muchos serán engañados por las maravillas que aparenten ser de origen celestial” (El Conflicto de los Siglos, p. 625). Esta multiplicación de doctrinas confusas cumple el papel de “preparar el terreno” para una última gran crisis espiritual global.
Descomposición moral y crisis de valores
El apóstol Pablo describe el deterioro del carácter humano: “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos… los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, soberbios, desobedientes a los padres, ingratos, impíos…” (2 Timoteo 3:1-5). La sociedad contemporánea parece encajar exactamente en ese diagnóstico.
Datos de ONU, UNICEF y Gallup reflejan una crisis ética generalizada: aumento de la violencia doméstica, suicidio juvenil, corrupción, adicciones y relativismo moral. Las redes sociales potencian el narcisismo y la intolerancia. Ellen White escribió: “La corrupción moral y espiritual que caracteriza a nuestro mundo actual es una evidencia de que los juicios de Dios están sobre la tierra” (Testimonios para la Iglesia, vol. 9, p. 11).
Esta señal es cualitativa más que cuantitativa: el mal ya no es individual, sino estructural, y se celebra abiertamente. Cuando la moralidad se invierte y el pecado se normaliza, el reloj profético marca su hora más avanzada.
Catástrofes naturales y desórdenes climáticos
Jesús añadió: “Habrá pestes, hambres y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:7). Según la NOAA y la NASA, la frecuencia e intensidad de los desastres naturales ha aumentado en las últimas décadas. Terremotos, incendios, sequías y huracanes rompen récords históricos.
Para la ciencia, se trata del cambio climático; para la fe, de un lenguaje de advertencia divina. Ellen White lo expresa así: “Dios no destruye arbitrariamente; la naturaleza habla, y en su voz hay mensajes de misericordia y de juicio” (Profetas y Reyes, p. 278).
Estas manifestaciones recuerdan que la creación gime (Romanos 8:22), esperando su redención final. No son castigos caprichosos, sino señales que invitan al arrepentimiento.
La razón del silencio de Dios
La ausencia de una fecha exacta para la segunda venida de Cristo es uno de los misterios más fascinantes del cristianismo. En la profecía de Daniel (9:24–27), Dios reveló el tiempo de la primera venida del Mesías con asombrosa precisión. Sin embargo, cuando Jesús habló de su retorno, estableció un límite infranqueable: “Del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles del cielo, sino solo mi Padre” (Mateo 24:36). Este contraste no es incoherencia, sino coherencia divina. En la primera venida, el objetivo era identificar al Salvador; en la segunda, preparar a un pueblo.
El silencio del Padre cumple una función pedagógica. Dios no esconde el día por capricho, sino para mantener viva la vigilancia espiritual. Si la fecha estuviera revelada, muchos pospondrían su conversión, vivirían distraídos y sólo se prepararían en la víspera del acontecimiento. Al ocultar la hora, el Señor transforma la espera en un ejercicio de fidelidad cotidiana. Como escribe Elena G. de White: “El Señor ha ocultado el día y la hora de su venida para que estemos siempre en estado de expectación y preparación” (Last Day Events, 33.3). No saber el cuándo obliga al creyente a enfocarse en el cómo: cómo amar, cómo servir, cómo perseverar.
Este principio también revela el carácter misericordioso de Dios. Pedro lo explica con ternura: “El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Lo que parece demora es gracia. Cada año que pasa sin el retorno de Cristo es una extensión del tiempo de misericordia, una oportunidad más para que alguien escuche el evangelio. En ese sentido, el aparente retraso es una expresión del amor divino.
Elena White profundiza en este aspecto moral: “Si el Señor revelara a su pueblo el tiempo exacto de su venida, no habría un desarrollo armonioso del carácter; porque los corazones se llenarían de orgullo, y muchos dejarían de velar con diligencia” (Joyas de los Testimonios, vol. 3, p. 257). La incertidumbre produce madurez espiritual. Al no poder calcular el fin, el cristiano aprende a caminar por fe, no por vista. La vigilancia diaria se convierte en una forma de adoración; la espera, en una escuela de paciencia y santificación.
Desde el punto de vista teológico, este silencio también protege el principio del libre albedrío. Si la fecha final fuera conocida, la fe se volvería cálculo. El amor a Dios se mediría por conveniencia y no por convicción. En cambio, el misterio conserva la libertad humana: cada día sin fecha es una nueva invitación a elegir seguir a Cristo voluntariamente. Así, el creyente no obedece porque “ya viene”, sino porque ha aprendido a amar a quien viene.
Además, el hecho de que Jesús mismo dijera no conocer la hora (Marcos 13:32) muestra una hermosa subordinación dentro de la Trinidad. El Hijo confía plenamente en la sabiduría del Padre. Si ni el propio Cristo reveló ese dato, los intentos humanos por calcularlo resultan fútiles y, en cierto modo, arrogantes. Ellen White advierte: “No tenemos mensaje que anuncie día u hora... el Señor ha ocultado este conocimiento de los hombres para que permanezcamos en actitud de vigilancia y oración” (The Second Coming of Christ, SCOC 62.1).
Cómo distinguir la convergencia
Distinguir la convergencia no es contar eventos aislados, sino leer el clima espiritual global con una hermenéutica sobria que una texto, tiempo y testimonio. El texto: Jesús describe señales como “dolores de parto” (Mt 24:8), un patrón de intensificación y repetición que no se resuelve en un único pico, sino en una maduración de todo el cuadro. El tiempo: las mismas señales que antes eran locales adquieren alcance planetario; no es “hubo una guerra”, sino “la guerra y sus rumores moldean simultáneamente sistemas, mercados, discursos y conciencias” (Mt 24:6–7). El testimonio: la Iglesia, esparcida por naciones y culturas, discierne en comunión—“probando los espíritus” (1 Jn 4:1)—y contrastando impresiones con la Escritura. Esta triple lectura evita tanto el sensacionalismo como el escepticismo: no se niegan los datos, pero se rehúsa absolutizarlos; se toma en serio la advertencia de Cristo y, a la vez, su mandato de no fijar fechas (Mt 24:36). Elena G. de White llama a esta actitud “vigilancia inteligente”, que no confunde ruido con señal ni prisa con prontitud: la convergencia se reconoce por intensidad, simultaneidad y alcance, no por calendarios secretos.
En la práctica, conviene mirar cuatro criterios cualitativos que se retroalimentan. Primero, intensidad global: una señal deja de ser episódica para convertirse en atmósfera; pensemos en la descomposición moral que ya no es anomalía, sino norma cultural (2 Ti 3:1–5). Segundo, simultaneidad transversal: guerras, engaño religioso, crisis ética y catástrofes dejan de alternarse para superponerse, como si resonaran en una misma sala. Tercero, alcance planetario: la propagación en tiempo real hace que los fenómenos impacten conciencias a escala masiva (Ap 1:7): lo que ocurre “allí” se experimenta “aquí”, y reconfigura imaginarios, leyes y liturgias cotidianas. Cuarto, persistencia temporal: la convergencia no es una semana intensa de titulares, sino una tendencia sostenida que no se disipa cuando cambia el ciclo informativo. Estos criterios no reemplazan la fe; la encauzan. White advierte que el enemigo explota extremos—el pánico crédulo y la calma incrédula—y exhorta a “velar y orar” para no caer en ninguno (SCOC 62.1; LDE 33.1). Así, el creyente observa con rigor, pero decide con oración; examina informes, pero se deja gobernar por la Palabra; reconoce el “ya” de los dolores y el “todavía no” de su culminación.
Finalmente, distinguir la convergencia exige discernimiento pastoral y obediencia misional. Pastoral, porque el objetivo de Jesús no es informar curiosidades, sino formar caracteres: “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando” (Lc 12:37). Misional, porque una señal clave es la expansión del evangelio (Mt 24:14): la Iglesia no sólo mira el termómetro del mundo; enciende la luz en medio de él. La lectura de los tiempos debe conducir a prácticas concretas: santidad sin ostentación, compasión sin ingenuidad, esperanza sin evasión. White lo resume: conocer “el tiempo” sin conocer “al Señor del tiempo” es perderlo todo; la verdadera preparación no consiste en predecir, sino en perseverar (Joyas, 3:57). En este marco, la convergencia se reconoce cuando las señales, lejos de empujarnos a la ansiedad, nos mueven a una fidelidad más fina, una misión más entregada y una esperanza más honda. Entonces, más que preguntarnos “¿cuándo termina la historia?”, aprendemos a vivir de tal manera que, cuando termine, nos encuentre de pie.
9. Implicaciones para el creyente
Frente a esta convergencia, el llamado no es a especular, sino a vivir preparados:
- Vigilancia constante: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora” (Mateo 25:13).
- Santidad práctica: “El que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo” (1 Juan 3:3).
- Misión activa: predicar y servir, porque la espera ociosa contradice la fe.
- Esperanza perseverante: vivir o morir en Cristo es permanecer en la promesa (1 Tesalonicenses 4:16-17).
Ellen White lo expresa con serenidad: “Nuestra preparación consiste en sujetar apetitos y pasiones, y mostrar en la vida el fruto de la santidad” (Fundamentals of Christian Education, p. 454).
Conclusión
Las señales de los tiempos no son un calendario oculto, sino un espejo donde Dios nos invita a ver el estado moral y espiritual del mundo. Su convergencia no debería inspirar miedo, sino compromiso. Cuando todas —guerras globales, engaños espirituales, descomposición moral, desastres naturales y expansión del evangelio— alcanzan escala planetaria, el mensaje no es “ya llegó el fin”, sino “el fin se acerca: prepara tu corazón”.
La fe madura no pregunta “¿cuándo?”, sino “¿cómo me encontrará?”. Como escribió Pablo: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7-8). Morir en esa esperanza es vivir ya en la resurrección venidera.
Elena White resume el secreto divino: “El día y la hora de la venida del Hijo del hombre no han sido revelados... sólo el Padre lo sabe” (The Second Coming of Christ, SCOC 62.1). La verdadera preparación no consiste en predecir, sino en perseverar. Porque mientras el mundo mide las señales, el creyente mide su fidelidad.
Maranatha: el Señor viene.
Referencias Bibliograficas
- White, Ellen G. El Conflicto de los Siglos. Buenos Aires: ACES, 2010.
- ———. Last Day Events. Silver Spring, MD: White Estate, 1992.
- ———. Testimonios para la Iglesia, vol. 9. Buenos Aires: ACES, 1987.
- ———. Joyas de los Testimonios, vol. 3. Buenos Aires: ACES, 1989.
- ———. The Second Coming of Christ. Washington, D.C.: Review and Herald, 1877.
- Pew Research Center. The Future of World Religions: Population Growth Projections, 2010-2050. Washington, D.C., 2015.
- Gordon-Conwell Center for the Study of Global Christianity. Status of Global Christianity 2024.
- Institute for Economics and Peace. Global Peace Index 2024. Sydney, 2024.
- United Nations. World Social Report 2024. New York, 2024.