Roto, Pero Llamado

Sección: estudios • Subsección: vida-cristiana • Actualizado: 2025-11-22 04:22:33
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Hay personajes bíblicos que parecen tan cercanos a nuestra humanidad que uno siente que sus luchas podrían haber ocurrido en cualquier tiempo. Entre ellos, Pedro destaca con una honestidad que casi incomoda. Su temperamento fuerte, sus contradicciones, su amor profundo mezclado con miedo, y su crecimiento posterior lo vuelven un espejo universal. No es un héroe pulido desde el principio, sino un hombre común arrastrado por impulsos, certezas momentáneas, quiebres dolorosos y encuentros que le cambiaron la vida. Mirarlo con una lectura cuidadosa —exegética, psicológica y espiritual— permite ver algo que a veces olvidamos: el cambio es posible, pero no surge de negar quiénes somos; nace cuando Dios toma nuestra estructura interior y la redirige hacia algo mejor.

A continuación, exploro ese proceso con la calma de quien piensa en voz alta, repasando el camino de Pedro como si siguiéramos sus pasos desde la orilla del lago hasta el amanecer de su restauración. Y en ese recorrido aparece un mensaje que todavía tiene fuerza: no importa cuán dispersos, impulsivos, temerosos o quebrados nos sintamos, el carácter puede transformarse cuando dejamos que la verdad y la gracia hagan su trabajo.

Un llamado que rompió la rutina

La escena inicial donde aparece Pedro en los evangelios tiene una sobriedad que a veces se pasa por alto. No lo vemos en un templo, ni en un retiro espiritual, ni en medio de una visión celestial. Lo encontramos allí donde la vida pesa: junto a una barca húmeda por la bruma del lago, con las manos endurecidas por el trabajo y la mente ocupada en problemas cotidianos que todos podemos reconocer. Era un hombre que llevaba años repitiendo el mismo ciclo: lanzar redes, esperar, recoger lo que el mar quisiera dar, vender lo obtenido, volver a casa y empezar de nuevo. Su mundo giraba entre madrugadas frías, conversaciones rápidas con otros pescadores y la responsabilidad silenciosa de sostener a una familia. Todo esto lo revela como alguien que no vivía en la fantasía, sino en la realidad áspera del día a día.

Ese contexto ayuda a entender mejor su carácter. Pedro no era un hombre delicado; era un trabajador curtido por la vida. La forma en que hablaba —a veces abrupta, a veces excesivamente directa— reflejaba su temperamento firme y su costumbre de resolver problemas sin demasiada teoría. Su forma de ser estaba marcada por la inmediatez: pensar y actuar, casi al mismo tiempo, a veces como virtud y otras como tropiezo. Si la psicología actual lo estudiara, seguramente lo ubicaría dentro de un perfil extrovertido-reactivo, alguien que vive “hacia afuera”: expresa sus emociones con claridad, toma decisiones rápidas y, sin darse cuenta, pone su corazón sobre la mesa con una transparencia que puede resultar tanto admirable como peligrosa.

Los evangelios confirman ese perfil desde los primeros encuentros. Pedro habla más que los demás, pregunta lo que otros callan y se adelanta aun cuando no tiene el cuadro completo. Y, aunque a veces eso parece un defecto, en realidad es parte del encanto de un hombre que no sabe esconder lo que piensa. Su impulso por actuar revela una vitalidad interior que Jesús nunca rechaza. De hecho, ese impulso es precisamente el terreno fértil sobre el cual Cristo decide sembrar un llamado más alto.

Cuando Jesús aparece en su vida, no lo hace suavemente; interrumpe su rutina con una palabra que parece sencilla pero que arranca de raíz toda su estabilidad: “Sígueme”. La reacción de Pedro es instantánea. No pide garantías, no pregunta por el sueldo, no calcula el costo, ni pide un día para pensarlo. “Al instante”, dice el texto. Y esa expresión es reveladora. La decisión no surge de una impulsividad irracional, sino de una intuición espiritual profunda: Pedro reconoce algo mayor que él, algo que no encaja en sus categorías pero que despierta una reverencia inmediata.

Ese momento es fascinante, porque muestra que la sensibilidad espiritual no depende de la apariencia exterior. Pedro, con su rudeza y su torpeza emocional, percibe la autoridad de Cristo con una claridad que muchos religiosos profesionales nunca tuvieron. Algo en él —quizás esa misma intensidad que lo hacía impulsivo— lo vuelve capaz de entregarse con rapidez cuando su alma reconoce lo verdadero.

Ahora bien, su temperamento también contenía sombras que más adelante saldrían a la superficie. Personas como Pedro avanzan con fuerza, pero también pueden caer con estrépito. Tienen una pasión que los impulsa, pero esa misma pasión puede traicionarlos cuando la situación se vuelve confusa o amenazante. Son líderes naturales, pero no siempre están listos para las consecuencias del liderazgo. Ven oportunidades donde otros ven obstáculos, pero se frustran cuando la realidad no se ajusta a sus expectativas.

Y aun así —o quizás precisamente por eso— Jesús lo llama. No lo elige a pesar de su carácter, sino con su carácter. El discipulado de Pedro no comienza con un cambio de personalidad, sino con un cambio de dirección. Cristo toma lo que ya existe —la energía, la franqueza, la valentía, incluso el desorden— y lo convierte en la materia prima de un proceso de transformación. Porque Pedro, desde el principio, no fue un héroe terminado: fue un hombre real invitado a caminar hacia un propósito que lo superaba. Y eso, visto de cerca, es lo que vuelve su historia tan cercana a la nuestra.

Fe brillante y pasos torpes

Si algo caracteriza a Pedro en los evangelios es esa mezcla desconcertante entre grandeza espiritual y fragilidad emocional. Es como si su corazón caminara siempre al límite, capaz de elevaciones vertiginosas y de caídas repentinas. Los relatos que lo involucran no son meras anécdotas; son ventanas abiertas a la tensión interior de un discípulo que quiere seguir a Cristo con todo su ser, pero que todavía no descubre cómo navegar sus propios impulsos.

Uno de los episodios más llamativos es, sin duda, el momento en que Pedro camina sobre el agua. Ese acto, que pocos se atreven siquiera a imaginar, revela la fuerza de su fe en estado puro. No fue un arrebato irracional; fue una respuesta directa a la palabra del Maestro: “Ven”. Esa capacidad de escuchar a Jesús y lanzarse, aun cuando todo parecía imposible, es la evidencia de una fe brillante, espontánea y viva. Sin embargo, la misma narrativa muestra su otra cara. Apenas sus ojos se desplazan de Cristo al viento, la seguridad se quiebra. Empieza a hundirse, no porque su fe desaparece, sino porque su corazón oscila entre confianza y miedo. Ese instante revela que Pedro no tenía un problema en creer; lo tenía en sostener la mirada cuando las circunstancias amenazaban su estabilidad emocional. Es la historia de muchos: un momento de certeza espiritual seguido por una oleada de dudas que no se sabe manejar.

Otro episodio fundamental se da en Cesarea de Filipo, cuando Pedro pronuncia una de las confesiones más profundas de todo el Nuevo Testamento: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. Jesús alaba su discernimiento espiritual, indicando incluso que tal revelación provino del Padre. Pero, casi de inmediato, Pedro muestra la otra mitad de su carácter. Al oír que Jesús anuncia su sufrimiento, reacción de manera frontal: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca”. En su mente, el Mesías debía ser glorioso, victorioso, poderoso. Las ideas de dolor, entrega y cruz le resultaban no sólo incomprensibles, sino inaceptables. Lo que Pedro no entendía aún era que la visión humana del triunfo no coincide con la visión divina. Su reprensión hacia Jesús es la de alguien que ama y quiere proteger, pero también la de alguien que intenta controlar lo que no comprende. Su deseo de retener un Mesías poderoso revela la tensión entre la fe genuina y la resistencia emocional a aceptar caminos que implican renuncia.

Desde la exégesis, estas contradicciones no se leen como fallas moralmente escandalosas, sino como señales de un proceso formativo. Pedro no es doble ni hipócrita; es un hombre cuya fe está creciendo. Jesús no lo descarta cuando se hunde ni lo rechaza cuando intenta corregirlo. Lo confronta, sí, pero con el objetivo de moldear su carácter. El texto bíblico nos deja ver, sin filtros, que el discipulado no elimina de inmediato la inestabilidad interior. Cristo no exige perfección para empezar el camino; acompaña la transformación desde la imperfección misma.

Si trasladamos este análisis al presente, descubrimos que la experiencia de Pedro es casi universal. Muchas personas viven con esa misma oscilación entre momentos de valentía y episodios de inseguridad. Creen con intensidad, pero les cuesta sostener esa fe cuando la realidad se vuelve amenazante. Sienten amor genuino por Dios, pero su miedo a perder control o a enfrentar sufrimiento los desestabiliza. Es esa mezcla de sinceridad y torpeza, de anhelo y temor, la que hace de Pedro un espejo donde muchos pueden verse.

Desde la psicología de la personalidad, Pedro encaja en el perfil de alguien emocionalmente reactivo, con una sensibilidad que puede elevarlo o hundirlo según lo que enfrente. Personas así suelen tener intuiciones espirituales profundas, pero también luchas internas intensas. Desde la exégesis, es un discípulo auténtico, cuyo corazón percibe la verdad antes que su mente la entienda por completo. Su problema no era falta de fe; era falta de integración entre lo que creía y lo que temía.

En Pedro vemos un recordatorio clave: la fe no es una línea recta. Es un camino lleno de tensión, en el que Dios trabaja pacientemente. Jesús no se escandaliza por nuestros pasos torpes; los usa como parte del proceso para llevarnos más lejos de lo que imaginamos. En ese sentido, la historia de Pedro no sólo explica su carácter: explica también la manera en que Dios trata con los corazones humanos.

El momento de quiebre

La negación de Pedro no puede leerse como un desliz accidental o un simple acto de cobardía. Es el resultado inevitable de una tensión que venía gestándose en su interior desde antes del arresto de Jesús. Durante todo el ministerio público, Pedro había reaccionado con fuerza, había confesado con valentía y había caminado con iniciativa. Pero dentro de él también convivían expectativas no resueltas, temores profundos y una imagen de Jesús que todavía no había aceptado el camino de la cruz. Todo eso, acumulado, estalló en la noche del juicio.

Los evangelios describen su actitud con una frase breve pero reveladora: “lo seguía de lejos”. Esa distancia no era casual. Físicamente estaba cerca, pero emocionalmente estaba dividido. Amaba a Jesús, pero temía las consecuencias de acercarse demasiado en un momento peligroso. Quería estar presente, pero no sabía cómo afrontar la oscuridad que se desplegaba frente a sus ojos. Ese “de lejos” es la expresión más honesta de su lucha interna: una mezcla de fidelidad y temor que muchos creyentes reconocen cuando la vida les exige más de lo que su fortaleza emocional puede sostener.

La situación que enfrenta esa noche es completamente distinta a cualquier otra que haya vivido con Jesús. Antes lo había visto calmar tormentas, sanar enfermos, resucitar muertos, desafiar a líderes religiosos. Ahora lo mira sometido, callado, vulnerado por las autoridades. La imagen del Mesías glorioso que Pedro había construido en su mente se desploma en cuestión de horas. Y cuando las expectativas internas se derrumban, el alma queda expuesta. La negación no nace de falta de amor, sino de la desorientación que provoca ver a su Maestro sin la fuerza visible que él esperaba.

Cuando la criada lo señala, su reacción no responde a un análisis consciente, sino a un instinto de supervivencia. Él mismo había prometido horas antes que moriría con Jesús si fuera necesario, y seguramente lo creía. Pero en el patio frío del sumo sacerdote, su seguridad desaparece. No es la voz de la muchacha la que lo acorrala: es el peso emocional de ver su mundo espiritual temblar desde los cimientos. En ese tipo de crisis no se responde desde la razón, sino desde las grietas del alma. Por eso sus negaciones surgen rápidas, casi automáticas, como un intento desesperado de evitar un destino que en ese momento siente imposible de enfrentar.

Sin embargo, el punto culminante no es la negación misma, sino lo que ocurre después. Lucas añade un detalle que ilumina todo el episodio: “El Señor se volvió y miró a Pedro”. Esa mirada contiene una claridad que palabras no podrían expresar. Pedro no escucha un sermón ni recibe una corrección directa. Solo ve los ojos de Jesús, y en ellos reconoce su realidad interior. Ese instante lo desarma por completo. No ve al Maestro decepcionado, sino al Maestro que lo conoce. Y cuando la verdad se encuentra con la conciencia, el corazón se quiebra.

Pedro sale fuera y llora amargamente. No llora por vergüenza social ni por miedo al castigo. Llora porque comprende quién es él sin la fuerza de Jesús sosteniéndolo. Llora porque su imagen de valentía se rompe y deja al descubierto su fragilidad. Llora porque la mirada de Cristo revela no solo su caída, sino también la profundidad de su necesidad.

Paradójicamente, ese llanto es el inicio de su restauración. La negación lo llevó a un abismo que él jamás habría aceptado por voluntad propia, pero ese abismo se convierte en el terreno donde su carácter será reconfigurado. La caída no es el final, sino el lugar donde Cristo podrá reconstruirlo. Esa noche dolorosa abre la puerta a un Pedro que ya no confía en su impulso, sino en la gracia; un Pedro que, más adelante, será firme porque primero conoció su debilidad.

La restauración

El amanecer descrito en Juan 21 no es solo un escenario; es un símbolo. Todo lo que quedó oscuro en la noche de la negación comienza a iluminarse con la presencia del Cristo resucitado. Pedro, todavía cargando el peso de su caída, vuelve a lo único que conoce bien: la pesca. Cuando la culpa parece dictar la dirección, uno regresa a los sitios donde la vida era más simple. No porque quiera retroceder, sino porque no sabe cómo avanzar. En ese contexto aparece Jesús, no interrumpiendo la pesca, sino colocándose en la orilla, como quien espera el momento exacto para hablarle a un corazón herido sin aplastarlo.

Lo primero que sorprende es que Jesús no llama la atención sobre la negación. No la menciona, no la repite, no la expone. En lugar de eso, prepara un desayuno. Ese acto doméstico tiene una fuerza inesperada: antes de restaurarlo públicamente, Jesús lo humaniza, lo sienta, lo alimenta, le recuerda que sigue siendo parte del círculo íntimo. En el reino de Dios, la restauración no comienza en lo espectacular, sino en lo cotidiano. La gracia no se impone; se aproxima con delicadeza.

Cuando llega el diálogo, Jesús no elige un tono judicial. No le pide explicaciones ni reconstrucciones de hechos. Tampoco le exige que demuestre algo. Solo plantea una pregunta sencilla y, al mismo tiempo, profunda: “¿Me amas?”. Pedro ya no contesta con aquella seguridad impulsiva que solía caracterizarlo. No promete morir, no declara que jamás fallará, no compara su entrega con la de otros. Solo afirma lo que su corazón puede sostener: “Tú lo sabes”. Esa respuesta humilde muestra que Pedro ha cambiado, no en su esencia, sino en la forma de entenderse a sí mismo. La confianza exagerada dio paso a la honestidad.

Lo más revelador del encuentro es que Jesús no anula el carácter con el que Pedro nació. No le pide convertirse en alguien distinto, ni le exige adoptar la personalidad de un discípulo más silencioso o calmado. Tampoco lo envía a reconstruir su imagen desde cero. En lugar de eso, toma lo que él siempre fue y lo reorienta hacia un propósito más maduro. Dios no desecha temperamentos; los purifica. No destruye lo que uno es; lo redirige para que sirva a un bien mayor.

El encargo que Jesús le da —“apacienta mis ovejas”— no es casual. Si Pedro hubiese sido un hombre tímido, quizás habría sido llamado a otra tarea. Pero su fuerza interior, su inclinación a hablar, su impulso para actuar y su capacidad para tomar iniciativas, todas esas características que antes le habían causado problemas, ahora se convierten en herramientas del reino. Lo que antes lo hacía tropezar se transforma en un recurso para edificar. Esa es la pedagogía divina: convertir las zonas más difíciles en los lugares donde la gracia produce mayor fruto.

A partir de ese momento, Pedro ya no actúa desde el arrebato. Sus palabras en Hechos revelan un tono distinto: firme, pero no agresivo; valiente, pero no temerario; decidido, pero no impulsivo. El mismo hombre que negó conocer a Jesús frente a una criada ahora lo proclama ante multitudes hostiles. Algo dentro de él se ha ordenado. El fuego sigue allí, pero ya no quema hacia dentro; ilumina hacia afuera.

La restauración de Pedro enseña que Dios no está interesado en fabricar copias idénticas de santidad. Él trabaja con historias concretas, con temperamentos específicos, con heridas reales. Por eso la transformación nunca es una sustitución, sino una purificación. Pedro no se volvió otro hombre; se volvió él mismo, pero reconciliado con su verdad y sostenido por la gracia. Y allí está la clave: cuando Dios restaura, no borra la identidad, sino que la revela en su mejor versión.

Un mensaje para nosotros

Cuando uno observa la Biblia sin prisas, con atención a los procesos y no solo a los hechos puntuales, descubre que el cambio de carácter es uno de los temas más constantes de toda la narración bíblica. No se trata de transformaciones instantáneas ni de conversiones mágicas, sino de recorridos largos, llenos de tropiezos, encuentros, dudas, decisiones y sobre todo, intervenciones divinas que llegan en el momento exacto. Pedro es una pieza clave en ese mosaico, pero no es el único. Su historia forma parte de una galería de vidas en las que Dios toma temperamentos muy distintos y los encamina hacia una madurez que ninguno habría podido alcanzar por sí solo.

Moisés, por ejemplo, comienza su misión con una frase que muestra su falta de confianza: “Señor, nunca he sido hombre de fácil palabra”. Su temor a hablar era tan profundo que casi se convierte en excusa permanente. Sin embargo, Dios no descartó ese rasgo. Lo acompañó, lo sostuvo y lo fue formando hasta convertirlo en el mediador que enfrentó al faraón y guió a un pueblo entero. Lo que antes era una limitación se transformó en una oportunidad para revelar que la fortaleza verdadera no nace del talento natural, sino de la dependencia de Dios.

Juan, uno de los llamados “hijos del trueno”, era impulsivo y explosivo. Su reacción ante un pueblo que no quiso recibirlos fue pedir fuego del cielo para destruirlos. Ese mismo Juan termina escribiendo sobre el amor de una forma tan profunda que sus cartas se convirtieron en referencia eterna sobre la esencia del Evangelio. La transformación no ocurrió porque dejara de sentir con intensidad, sino porque esa intensidad fue purificada. El trueno se volvió ternura. La vehemencia se volvió cuidado pastoral.

Pablo, con su intelecto agudo y su carácter firme, perseguía a la iglesia convencido de que hacía lo correcto. Su encuentro con Cristo no apagó su fuerza interior; la reorientó. Todo aquello que antes lo llevaba a oprimir lo llevó después a entregar su vida por el Evangelio. Sus cartas muestran un carácter decidido, pero ahora moldeado por la compasión y la conciencia de su propia fragilidad. La fuerza que antes hería ahora edificaba.

Estos ejemplos ofrecen un hilo común: Dios no busca modelos humanos predecibles ni personalidades estandarizadas. Él trabaja con temperamentos singulares, con historias marcadas por heridas y con perfiles diversos. Lo que para nosotros podría parecer una falla de carácter, en manos de Dios puede convertirse en un instrumento poderoso. La Biblia insiste en que cada persona, con su mezcla de luces y sombras, puede encontrar un propósito transformador.

La psicología contemporánea también sostiene algo parecido: el temperamento no se borra, pero puede ajustarse, refinarse y encauzarse. Las personas intensas pueden aprender a usar su energía para construir en lugar de reaccionar. Las personalidades introvertidas pueden encontrar formas profundas y creativas de servir. Las tendencias ansiosas pueden convertirse en sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. El proceso de crecimiento no implica dejar de ser quien uno es, sino aprender a serlo de una manera más madura y consciente. Esto armoniza de forma sorprendente con la visión bíblica: no se trata de negar el carácter, sino de permitir que Dios lo reconstruya.

Cuando observamos la trayectoria de Pedro bajo esta luz, su vida deja de ser solo un relato histórico y se convierte en un mensaje viviente. Su caída no fue su final; fue el punto desde el cual Jesús pudo trabajar más profundamente. Su impulsividad no desapareció, pero dejó de ser un estorbo. Se volvió audacia misionera. Sus emociones ya no lo desbordaron; lo volvieron sensible al cuidado de la iglesia naciente. Pedro se transformó no porque fuera excepcional, sino porque permitió que Cristo entrara justamente en sus zonas más frágiles.

Ese es el mensaje que permanece para nosotros: lo que hoy parece un desorden interno puede convertirse mañana en una fortaleza disciplinada. Lo que ahora causa vergüenza puede transformarse en comprensión hacia otros. Las heridas que cargamos pueden abrirnos caminos de empatía que antes ni entendíamos. Dios no se fija únicamente en lo que somos en nuestro peor momento, sino en lo que podemos llegar a ser cuando dejamos que Él se involucre en nuestra historia más íntima.

En Pedro descubrimos que la transformación real no consiste en cambiar de personalidad, sino en permitir que Dios moldee el carácter hasta reflejar más claramente su obra. Su historia nos recuerda que nadie está terminado todavía, que la caída no define el futuro y que, cuando el corazón se entrega, incluso las partes más difíciles de nuestra identidad pueden convertirse en instrumentos de gracia.

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